La fe en Cristo de un niño cambió el destino de su hogar

En el extremo occidental de Ecuador, sobre la península de Santa Elena, se encuentra Chanduy. Es una tierra de suelo árido y sol incansable que recuerda a los paisajes bíblicos. Allí, las familias sobreviven entre madrugadas en las piscinas camaroneras y extensas jornadas agrícolas. Los padres regresan a casa agotados, con pocas fuerzas para atender el corazón de sus hijos, y en el pueblo no existía un lugar donde se anunciara el Evangelio. Allí vive Ezequiel, un niño profundamente sensible que siente en carne propia cada grieta de su hogar.

El matrimonio de los padres de Ezequiel se caía a pedazos. Él veía a su mamá llorar en silencio durante las noches y contemplaba con dolor cómo su hermano mayor se llenaba de rebeldía y amargura. Sin edad ni capacidad para arreglar la crisis de su familia, Ezequiel guardaba en su pecho el peso desgarrador de un hogar que se apagaba entre discusiones y distanciamiento.

Dios fijó su mirada en Chanduy y usó la obediencia de la hermana Martha Jimbo, quien escuchó la voz del Señor y decidió salir a discipular niños sin tener recursos ni un templo. Todo comenzó con un salón prestado y la herramienta Descúbrelo de Awana. Al poco tiempo, invitaron a los niños afuera de las tiendas locales y pronto pasaron de 19 a más de 100 pequeños reunidos cada sábado.

Allí llegó Ezequiel. A través de los recursos para el discipulado, descubrió que la Biblia es una gran historia de redención y entendió que Dios no se olvida de los que sufren. Armado con una fe sencilla y las promesas de la Palabra, el niño comenzó a clamar a Cristo con insistencia por la paz entre sus padres.

Jesús escuchó la oración de Ezequiel e hizo lo que parecía imposible: tocó el corazón de sus padres y ambos aceptaron a Cristo. Aquella distancia e incomunicación se transformaron en reconciliación. Hoy, el llanto nocturno quedó en el pasado; la familia ora unida, leen la Biblia y comparten momentos de paz en el hogar, restaurados por la gracia de Dios.

El milagro en la casa de Ezequiel es solo el comienzo. Hoy en Chanduy, los niños que antes solo escuchaban historias, ahora piden ser bautizados y anuncian con valentía a Jesús a otros.

Lo que inició con la obediencia de una mujer dispuesta a discipular, en un pequeño salón y con pocos recursos, ha crecido hasta dar paso a una Escuela para Padres que atiende a más de 60 familias. Es el fruto de una obra que Dios comenzó a través de la fidelidad de quienes decidieron llevar el Evangelio y el discipulado a Chanduy y que hoy sigue multiplicándose en niños, familias y toda una comunidad, para la gloria de Cristo.

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